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¿Quién dio la orden?

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Por: Omar Gamboa

La ya popular pregunta del grafiti de la calle 80, Bogotá -cerca a la Escuela Militar-: “¿Quién dio la orden?”, protegida por la Corte Constitucional como libertad de expresión, aplica retrospectivamente al magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán (1948)

Opinión

Presentación: Octavio Quintero

El Satélite

Hoy, 73 años después, su hija, Gloria Gaitán, y la nieta del prócer, María Valencia, siguen hurgando recuerdos y documentos, y su dramática conclusión, plasmada en el término, “memoricidio”,  popularizado por Gloria, nos avisa sobre un sistematizado “asesinato de la historia”.

La hija, Gloria, ha sido perseguida por liberales y conservadores que, en contubernio político, según ella,  urdieron el asesinato de su padre. Hace poco, el Consejo de Estado condenó a la nación, en cabeza del Ministerio de Educación y la Universidad Nacional, a resarcir su buen nombre e imagen, al fallar a su favor una demanda que le acusaba de malos manejos en la dirección de la Casa-Museo en que quedó convertida la residencia familiar de Gaitán, en Bogotá, después del magnicidio.

Sobre el particular, y a raíz de la publicación del libro-sentencia contra Colombia, dictada por el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP), la hija del caudillo suscribe una carta al sacerdote jesuita, Javier Giraldo, defensor de derechos humanos, protestando por datar en 1946 el inicio del genocidio político continuado, cuando, según su concepto, fueron los expresidentes Alfonso López Pumarejo (1934 – 1938 + 1942 – 1945, renuncia) y Alberto Lleras Camargo (1945 – 1946, encargado), quienes incitaron la violencia desde mucho antes contra el gaitanismo que desembocó en el magnicidio de su padre en 1948.

La carta de Gloria se convierte hoy en un histórico documento político que, al quedar registrado en medios alternativos independientes como Cronicón y UNIR, coordinados por el politólogo y periodista, Fernando Arellano,  y El Satélite, del columnista socioeconómico, Octavio Quintero, + redes sociales, intentan detener el memoricidio, no solo de Gaitán, sino el de varios eminentes políticos y aguerridos líderes sociales que el poder dominante encubre de posverdad (falsos positivos), con el fin de que la gente siga refrendando socialmente su régimen de terror sistematizado.

LA CARTA

Sentencia del Tribunal Permanente de los Pueblos

De: [email protected]

Para: Javier, Abilio, Daniel, Francisco, Daniel y otros.

Lun, 22 nov/2021

Apreciado padre Giraldo, demás miembros del TPP:

Fue una gran alegría y un honor que el padre Giraldo tuviera la deferencia de venir ayer a mi casa y me entregara el libro que contiene la sentencia del TPP sobre el genocidio político, la impunidad y los crímenes contra la paz en Colombia.

En términos generales concuerdo con las afirmaciones que allí se consignaron, encontrando sin embargo ligeros sesgos que se alejan de la percepción gaitanista de los hechos.

Solo un punto es grave, gravísimo y muy doloroso. A pesar de que mi hija María y yo nos hemos esforzado por difundir la verdad de los hechos, aportando pruebas incontrovertibles que, desecharlas, puede calificarse de memoricidio.

En la página 166, en el apartado tercero sobre «Consideraciones sobre la responsabilidad política y moral» hacen una lista de los presidentes de Colombia a partir de Mariano Ospina Pérez diciendo: «En el período analizado se han sucedido los gobiernos encabezados por los siguientes presidentes… y viene la lista donde excluyen a dos gobiernos anteriores que le dieron la forma y procedimiento a la violencia: son los gobiernos de Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, verdaderos iniciadores del genocidio político que tomó forma sistemática en 1940, tal como lo expuse en mi presentación ante el Tribunal y lo he venido exponiendo ante la Comisión de la Verdad y en sucesivos artículos, charlas y conferencias, tomando las pruebas y análisis incontrovertibles que ha hecho mi hija María, con lo que no queda duda que esos dos funestos personajes son los líderes,  gestores, propiciadores, organizadores e impulsores del genocidio continuado al pueblo colombiano para impedir el ascenso del pueblo al poder, y que fue bajo su tutela como actuaron los demás o siguieron su ejemplo.

Desde niña estuve inmersa en un mundo intensamente político, gracias a los permanentes diálogos entre mi madre y mi padre, con los cuales pude conocer, desde mi infancia, quién y cómo eran los personajes de los altos estratos del poder en Colombia y, sin duda, a los que más les adquirí bronca, desde entonces, fue a Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras. Luego vino el asesinato de mi padre y apareció la figura criminal de Mariano Ospina Pérez, fruto de las previas y cómplices manipulaciones de López y Lleras.

Alfonso López fue el propulsor de la Unión Nacional, que reunía a la oligarquía liberal y conservadora para atajar con la muerte y la violencia el avance incontenible del pueblo hacia el poder, con mi padre a la cabeza. Mi padre y mi madre, en las conversaciones familiares, no economizaban epítetos acusatorios contra él.

Años más tarde, ya siendo adulta, me puse a investigar, como lo ha hecho mi hija María, y hemos podido constatar que López Pumarejo fue el generador y primer organizador del genocidio contra el pueblo gaitanista, e hizo parte del asesinato de mi padre, poniendo como intermediario material a Plinio Mendoza Neira, señalamiento que hacemos con pruebas incontrovertibles.

Y Alberto Lleras, a quien en su momento el pueblo llamó Mr. Lleras, y mi papá lo señaló como «un hombre con alma de secretario», apelativos que le fueron dados por ser «el agente» directo de los Estados Unidos para orientar la política colombiana en beneficio de los intereses norteamericanos.

El artículo de María Valencia (nieta de Gaitán), que conoció el Tribunal, demuestra el papel violento de Lleras para que triunfara Mariano Ospina Pérez en las elecciones presidenciales del 5 de mayo de 1946, porque Ospina era un reconocido negociante de petróleo con los Estados Unidos, por lo cual el imperio tenía un botín asegurado con su presidencia, hechos que fueron denunciados a su tiempo por el gaitanismo en el Congreso, siendo la base de una minuciosa investigación que adelantaba mi padre, cuyo expediente -como es de público conocimiento- fue robado de la oficina suya el mismo 9 de abril.

Pero,  en la publicación del TPP,  a ellos dos los excluyen de responsabilidad, cuando se sabe -y yo lo testifiqué- que fueron los mentores del genocidio como arma de combate contra el pueblo gaitanista.

¿Por qué los excluyeron? Porque la sola lectura de este texto muestra que lo redactaron personas muy afines al comunismo, que estuvo aliado a López Pumarejo en su gobierno, participando activamente en los sabotajes que a Gaitán le hizo López y, para «lavar» su culpa política, hacen malabares para mostrar a López como político progresista. Parece mentira, pero es cierto, que la mala consciencia los lleva a «lavar» la imagen de un político varias veces delincuente.

Sabemos que la izquierda marxista, para «justificar» su alianza con la burguesía promotora del capitalismo financiero, como fue López Pumarejo, ha tratado de limpiar su imagen, hasta el grado escandaloso de declararlo mentor del candidato de izquierda Gustavo Petro.

¡Es una vergüenza! y una traición al pueblo. Todavía alaban la reforma agraria de 1936 que, como lo demostré en mi tesis de grado como economista, publicada varias veces por diferentes editoriales, prueba y comprueba que fue una reforma agraria para legitimar las tierras que los latifundistas le robaron a los colonos, razón por la cual mi papá la calificó como «una reforma de papel y cartulina», porque toda la reforma se orientó a garantizar en notarías la propiedad de los terratenientes sobre tierras colonizadas por campesinos que, como tal,  eran los legítimos propietarios.

Que la lista de culpables de la violencia excluya deliberadamente a López Pumarejo y a Alberto Lleras no sólo es una deformación tendenciosa de la historia, sino una puñalada a mi padre cuando, refiriéndose a ellos, a Ospina Pérez y demás responsables del drama colombiano, como Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras,  dijo vanamente, sin que él sospechara que la izquierda los encubriría: ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!».

¿Qué sentiría mi padre al ver que los han borrado de las páginas de la historia violenta de Colombia? Yo, personalmente y, seguramente mi hija María, y toda mi familia, nos sentimos traicionados.

Finalmente, padre Giraldo, no sabe cuánto me molesta escribir esta nota, por lo mucho que lo aprecio y la gratitud que le tengo por su solidaridad. Pero es mi obligación hacer público mi rechazo a este encubrimiento de esos dos delincuentes de la historia colombiana que le abrieron paso al genocidio de nuestro pueblo: Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo.

Cordial y respetuosamente, con profunda admiración, Gloria Gaitán.

Fin de folio.- La historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. Y, a veces, la farsa resulta más dramática que la tragedia.

Emserfusa E.S.P

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