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“Miserables, paren la robadera”

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El desespero para conseguir un plato con comida. Una humilde mujer desubicada emocionalmente por causa de este momento que experimenta la humanidad, lanzo al aire una expresión que toca cualquier sentimiento: “miserables, paren la robadera”.

 

Opinión

Por: Bernabé Gámez Hernández

Fue un grito abierto y muy sonoro, es que este virus nos cogió con los pantalones en el piso, pero la robadera se hizo más evidente en Colombia cuando el gobierno dispuso de cuantiosos recursos para la compra de los insumos de la salud y las ayudas para alimentos de millares de familias en todo el país; allí se emberracó la corrupción, se despertaron los funcionarios deshonestos que parecen una peste incontenible.

Es que la corrupción es una plaga maldita que acaba con las esperanzas de los pobres y de los que nada tienen; increíble y lamentable que alcaldes y gobernadores recién posesionados sean actores de estos episodios que desbordan todas las medidas de los organismos de control, Fiscalía, Procuraduría y Contraloría.

Las pandemias pueden desaparecer luego de una investigación científica; los corruptos hacen parte de las almas que ya se las llevó el diablo.

Gobernadores, Alcaldes y empleados “bandidos” deben ir a la cárcel; al parecer casi el 50% de los gobernantes regionales están comprometidos en estos negocios que dejaron sin un pedazo de pan a centenares de familias acosadas por el hambre y la desesperanza.

Si este virus nos ha estremecido en las fibras más profundas, ahora los colombianos bien intencionados hagamos temblar a los deshonestos y por ejemplo, apliquemos la Ley del destierro.

Sin lugar a equivocarnos: “el hombre público puede meter las patas pero no las manos”; aquí cambiamos el concepto de gobernabilidad enmarcada en el estado social de derecho por la catedra macabra del robo, el torcido, el chantaje y la extorsión.

Entonces: o los derrotamos de manera implacable y sin ninguna consideración o vuela en pedazos el principio de la dignidad del hombre.

A REBUSCAR LA SOPITA

Esta es una expresión que sale de labios de hombres y mujeres que sufren cuando sus hijos sueltan lágrimas por falta de un pedacito de pan en su aparato digestivo.

Cuando esta pandemia comenzó a propagarse por el mundo simultáneamente se habló de la aparición de una terrible hambruna en las naciones más golpeadas por la acción destructora de esta maldita plaga.

En Colombia, la declaratoria de dos emergencias económicas se convierte en un simple paliativo para calmarle el hambre a tantas personas que perdieron sus empleos y otras que obligadas llegaron a la informalidad.

La situación que estamos presenciando es asombrosa y no hay poder humano que pueda evitar la crisis derivada de esta emergencia.

“Nadie sabe con la sed que otro vive”, decía un pobrecito hombre descompuesto físicamente por el hambre, esta circunstancia ocurría antes de semejante castigo que estamos recibiendo por tanta perversidad a través de los tiempos.

“Morir de amor tiene cierto encanto y una agonía placentera, pero morir de hambre es la degradación más humillante que le pueda suceder a un hijo de este planeta”.

Estas citas tienen un significado tangible y no buscan crear pánico en medio de una situación que necesita soluciones urgentes para evitar que el hambre rompa esta tranquilidad relativa y la desesperación nos lleve a situaciones insospechadas

Los anuncios oficiales sobre subsidios a los desempleados y a los que afecta directamente esta emergencia, se cumplen a cuenta gotas y no tienen la rapidez que necesita la situación alimentaria, “Mi abuelito decía”:

El hambre nos acosa y no da espera, ese viejo llegaba a la casa a las seis de la tarde cansado, con azadón al hombro, machete amarrado al cinto, sudoroso pero no maloliente; era el esfuerzo de un hombre que luchaba por tener vigencia en esta vida, trabajaba de sol a sol, así lloviera y cayeran rayos y centellas, era un hombre poseído por la humildad y la pobreza que podía suplir las necesidades de su familia; ahora solo puede vivir del recuerdo.

Jorgito Celedón un buen día nos llenó de ilusiones con una voz melodiosa y encantadora: “Qué bonita es esta vida”; si, es un símbolo de los interpretes vallenatos, vivir la vida sin pandemias y sin hambre, no solamente es bien bonita sino amañadora.

Esta pandemia pulverizó todos los sistemas económicos, comerciales y sociales de este mundo, el encierro obligado acabó con las ventas en todos los niveles, se tiró la productividad y mando a la calle a millares de personas; esa vida que teníamos hace dos meses se acabó, ya no existe, ya no hay lujos ni fantasías; la francachela perdió su furor y las emociones de media noche y entonces solo queda el recuerdo de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

*Imagen tomada del portal  Colombia INFORMA

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