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Traición, infidelidad y ambición rodearon asesinato de Policía en Soacha.

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Por: Alejandro

Esas son las hipótesis que manejan las autoridades como las más posibles razones por las cuales la esposa del subintendente Augusto Ramiro Mieles Quintero,  Adriana Silva Prada,   y su amante, Fabián Alberto Flórez, mecánico de profesión, contrataron los servicios de  un grupo criminal para cometer el asesinato del cónyuge de ella, un agente del Gaula de la Policía Nacional. Por ahora la Fiscalía involucró a cinco personas como los presuntos partícipes en el sangriento caso ocurrido a las 4 y 10 de la tarde del pasado miércoles 22 de julio; todos ellos se encuentran a buen recaudo.

 

 *foto, izq-Augusto Miles, der- Adriana Silva, rubia, sentada sobre las piernas de su esposo meses después asesinado.

Ese día el subintendente  Mieles Quintero salió muy temprano para continuar con el curso de ascenso, el cual adelantaba en la Escuela de Policía Gonzalo Jiménez de Quezada de Sibaté; quería escalar en las filas para proveerle una mejor posición,  más comodidad y orgullo a  su familia.

Cumplía  su propósito en un intento por acercarse nuevamente a su esposa con quién tenía diferencias desde hacía varios meses; quería nuevamente conquistarla y normalizar su relación por lo cual no ahorraba ningún esfuerzo según comentaron personas cercanas al matrimonio.

Sus compañeros   de curso resaltaron el trabajo a fondo que cumplía Mieles; era absolutamente firme con sus proyectos, dicen. Según parece, poco después del medio día ese miércoles, Adriana, su esposa, comenzó a expresar cierto interés por la suerte de su cónyuge; aparentemente quería saber cómo y en dónde se encontraba y a qué hora iba a regresar a casa, una cómoda vivienda que  él habían  comprado en Soacha y el cual habitaban, cuando se encontraba bien la relación,  junto a su hijo de 9 años.

Hacia las 4 de la tarde, minutos después, luego de sus agotadoras tareas académicas, Mieles se bajó del vehículo público que los trasportó de Sibaté a Soacha; por alguna razón comenzó a dirigirse a pié  hacia su residencia en donde lo esperaba su esposa,  pese a que el trayecto era relativamente largo.

Caminó varios metros y cuando se encontraba a la altura de la Estación Terreros de Transmilenio recibió un impacto de bala en la cabeza que cegó su vida de forma inmediata. Le habían disparado a corta distancia y, según testigos, ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba sucediendo.

El hecho desató gritería y alboroto en el lugar ante lo cual una patrulla motorizada de la Policía, que se encontraba próxima, acudió a indagar qué estaba ocurriendo. Ya conscientes de lo sucedido, en fracción de segundos  y al observar que una persona huía con un arma de fuego en mano emprendieron su persecución.

Fue entonces cuando el sicario disparó contra los agentes que lo seguían alcanzando al intendente Leonardo Carvajal Meza, quién cayó de inmediato gravemente herido; fue auxiliado y remitido al Hospital Mario Gaitán Yaguas en donde dejó de existir poco después pese a los esfuerzos de los facultativos.

Sin embargo su compañero de patrulla, cuando se aseguró de que su colega ya iba a ser atendido, continuó la persecución en medio de disparos. No se amedrantó, mantuvo la cacería  y logró someter al sicario, 40 metros adelante del sitio de los hechos,  quién ya no tuvo ninguna oportunidad de escape.

A esas alturas ya habían acudido al lugar un buen número de agentes quienes fueron alertados de la emergencia por sus compañeros. Varios metros adelante, más o menos una cuadra del sitio del crimen, el asesino fue detenido.

Fue identificado como Cristian Fabián Ávila Serrano, relativamente joven pero de mirada fría; le hallaron una pistola Beretta calibre 9 milímetros con silenciador; un celular y una foto de la víctima la cual le fue suministrada  indudablemente con el propósito de que identificara plenamente a quién debía asesinar.

Ya bajo control de las autoridades comenzó el proceso investigativo; a través del teléfono portátil pudieron establecer con quién o quienes se había comunicado y de quién o quienes había recibido llamadas. Fue así como dieron con el resto de la banda.

Así también, se deduce, fue como se justificaron las frecuentes e inusuales llamadas de Adriana a su esposo; ella tenía la misión, parece, de informar al sicario y a la banda  sobre la ubicación de su cónyuge, para facilitarles el “trabajo” y asegurarse que el uniformado había muerto.

Dentro de las indagaciones al sicario éste confesó que fue ella, “la viuda negra”,  quién planeó el crimen. Con esas declaraciones y otras los sabuesos establecieron la hipótesis de que  quería quedarse con la pensión de su esposo, la cual le es entregada a las esposas de los uniformados que, en ejercicio, son asesinados o fallecen.  También quería quedarse con el apartamento muy posiblemente con el propósito de compartirlo con su amante, Fabián Alberto Flórez, quién, parece, igualmente ayudó a planear el crimen.

Siguiendo las mismas indagaciones los investigadores dieron con Esteban Montero Yate, cuyo papel en el crimen no ha podido establecerse plenamente en los medios de comunicación; parece que era el encargado de facilitar la huida del sicario en una moticicleta. Fue detenido el viernes 24 de julio.

Cuatro días después igualmente fue capturado Darío Rojas Sánchez, quién,  contratado por la pareja de amantes,  habría sido el encargado de ubicar a los dos ejecutores del crimen por el cual  fueron pagados 2 millones 300 mil pesos que les entregó Adriana.

Así concluye dramáticamente la relación de una pareja cuya romance comenzó en Barrancabermeja, Santander, de donde  provenían Augusto Ramiro Mieles Quintero, la víctima, y  Adriana Silva Prada, la esposa asesina. Todo por la ambición y la infidelidad, elementos estos que bien sirven como argumento para una película de intriga y desamor.

 

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