El rábano por las hojas. No basta con sancionar “drásticamente” a unos policías rasos. Eso es barriendo arriba y reformando el Código de Policía. Tenemos que desmontar el Estado – gendarme.

 

Opinión

Por: Octavio Quintero

Análisis El Satélite

Envía: REDGES

Seguir creyendo que el despotismo es inmanente al policía raso es, en cierta forma, lo que más conviene a la autocracia colombiana desarrollada en sintonía con la violencia que ha enfrentado a lo largo de la historia a punta de bala.

Tal parece que ya se nos borró el casete del debate del senador Petro cuando mostró el horrible video de entrenamiento habitual de los reclutas del Ejército y la consiguiente explicación que brindó a la opinión pública el comandante de las Fuerzas Militares de ese momento, general Navarro: “es muy común en los ejércitos del mundo decir que el entrenamiento debe ser tan fuerte que la guerra parezca un descanso”.

El Esmad, cuando sale a combatir las protestas sociales es buen ejemplo de lo que dice el general: asume la confrontación con la sociedad civil como a verdaderos enemigos en guerra.

Los policías que asesinaron a Javier Ordoñez, como antes a Dilan Cruz en Bogotá o Duván Aldana en Soacha; o todos los demás, actuaban “en defensa de la democracia” como hace 35 años lo sentía el entonces teniente coronel Alfonso Plazas Vega en la retoma del Palacio de Justicia.

¿Qué se ha exacerbado el despotismo? Claro, estamos en un gobierno que reedita el Estado de Seguridad Democrática de su mentor “con todos los juguetes”, como dicen. Pero el estilo no es de su exclusividad.

Tal parece que ya se nos borró también el debate que se dio en torno a la ley 1801 del 29/07/2016, Gobierno Santos, en donde se confirió un poder omnímodo del policía sobre el ciudadano, desde el prohibido orinar en la calle hasta vender empanadas en las aceras.

Ya la Corte Constitucional ha corregido algunas partes asfixiantes de ese Estado-gendarme.

En síntesis: No basta con sancionar “drásticamente” a unos policías rasos. Eso es barriendo arriba y reformando el Código de Policía, muy propio de la autocracia que siempre nos ha gobernado, en antes a punta de Estado de sitio y hoy, al parecer, a punta de Estado de emergencia.