El 8 de enero de 2026 quedará marcado en la historia de la infraestructura bogotana como el día en que un proyecto largamente esperado y debatido recibió el impulso definitivo.
La Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), tras un riguroso proceso de evaluación, ha otorgado oficialmente la licencia ambiental para la ambiciosa ampliación de la Autopista Norte.
Esta decisión administrativa no es un simple trámite; es la llave que desbloquea la intervención del crítico tramo comprendido entre las calles 191 y 245, un embudo vial que por décadas ha significado horas pérdidas, estrés y un cuello de botella para el desarrollo del norte de la ciudad y los municipios aledaños.
La luz verde habilita a la concesionaria para iniciar las obras de la Fase II de Accesos Norte, un conjunto de intervenciones diseñadas para transformar la capacidad de flujo, mejorar la seguridad vial y modernizar la circulación en este eje primordial.
Sin embargo, este aval no llegó de la noche a la mañana ni sin condiciones. Fue el resultado de un meticuloso análisis técnico que tuvo como componente central la voz de la comunidad.
La Audiencia Pública Ambiental celebrada en meses previos fue un escenario fundamental donde residentes de localidades como Usaquén y Suba, gremios de transportadores, líderes comunales y colectivos ambientales expusieron sus preocupaciones, observaciones y propuestas.
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La licencia, un documento con sello ciudadano
Temas como el manejo del tráfico durante la construcción, el impacto acústico, la mitigación del polvo y la protección del entorno urbano fueron debatidos a fondo.
La ANLA no solo escuchó, sino que integró estos aportes ciudadanos en el diseño final de las condicionantes de la licencia, demostrando que los grandes proyectos de infraestructura en el país pueden y deben construirse sobre un diálogo transparente y vinculante con la sociedad.
Este proceso participativo fortalece la legitimidad social del proyecto y establece un precedente importante para futuras intervenciones de similar envergadura en áreas urbanas sensibles.
Uno de los pilares más sensibles y observados de la licencia ambiental gira en torno a la protección del ecosistema.
El proyecto se desarrolla en las inmediaciones de los humedales Torca y Guaymaral, cuerpos de agua de vital importancia para la regulación hídrica y la biodiversidad de la Sabana de Bogotá.
La autoridad ambiental ha sido enfática en que la obra no puede, bajo ninguna circunstancia, comprometer la integridad de estos ecosistemas.
Por ello, la licencia impone un paquete estricto de medidas de manejo ambiental. Estas incluyen monitoreos constantes de la calidad del agua y el nivel de las lagunas, la implementación de barreras de contención de sedimentos para evitar que el material de construcción llegue a los cuerpos de agua, y la restauración de áreas de ronda una vez finalizadas las obras.
Además, se establecen protocolos específicos para la protección de la fauna, en particular de las especies de aves migratorias y residentes que dependen de estos humedales. La concesionaria deberá presentar informes periódicos y someterse a inspecciones sorpresa para demostrar el cumplimiento.
Vigilancia permanente: La ANLA no bajará la guardia
La ANLA ha dejado claro que el otorgamiento de la licencia no es el final de su labor, sino el inicio de una fase de vigilancia aún más intensa.
La entidad ha anunciado que mantendrá un esquema de control permanente con equipos técnicos en campo y el uso de tecnología como drones y sensores para verificar en tiempo real el avance de las obras y el respeto a las condicionantes.
Cualquier desviación o incumplimiento podría acarrear la imposición de sanciones ejemplares, suspensiones de actividades e, incluso, la revocatoria de la licencia.
Este mensaje busca generar confianza en la ciudadanía y enviar una señal contundente a los constructores: en Bogotá, el desarrollo urbano debe ir de la mano con la sostenibilidad y el respeto por el patrimonio natural.
La ampliación de la Autopista Norte se erige, así, no solo como un proyecto de concreto y asfalto, sino como una prueba de fuego para la gobernanza ambiental en la capital.







