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La nobleza criolla

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Por: Omar Gamboa

#Opinión. Históricamente, hay tres tipos de nobleza: la inmemorial, la de privilegio y la de sangre. La primera es aquella que ha existido desde “un tiempo anterior a la historia legal y más allá de la memoria legal”.

Opinión

Por: Fernando Calderón España

Para el caso nuestro sería la que encarnan las familias que “desde tiempos inmemoriales” y por su dominio sobre la tierra, han ejercido el poder económico, social y político. Son aquellos ricos de toda la vida, diría don Pastor.

La segunda es la concedida por un monarca o por el Estado. Para nosotros, sería algo así como la alcanzada por los miembros de los ejércitos, o algunos ejemplares que hicieron famoso un talento.

O quienes le sacaron el jugo a una capacidad deportiva. O quienes viniendo de abajo, supieron explotar el abrigo de los de “nobleza inmemorial”.  Y hoy pasean su “diferencia adquirida” por los pasillos de los clubes y gozan de una sintética cojinería de cuero, obligadamente compartida con sus circunspectos conductores, candidatos también al ascenso.

No es difícil pasar del lavadero de carros, la parcela familiar, el taller de zapatería, la orfandad de la calle, el inquilinato o la dureza de los uniformes, a este tipo de nobleza de privilegio.

¿Constitucionalmente nobles ?

La Constitución del 91 dio vía libre a que este tipo de nobleza creciera. A que llegara también a los escaños legislativos camuflada de cien disfraces y que se extendiera, incluso, a lo más ilustrado de nuestro pueblo aborigen. A pueblo aborigen que hoy, ya contaminado, sigue padeciendo los avatares de sobrevivir en las faldas de las montañas.

La misma suerte ha dejado que a esta nobleza lleguen admirados representantes de la gleba, que han llegado de la mano de alguien “inmemorial”.

Y hoy, aunque quieran parecérsele, son tildados por sus mentores como respetables intrusos y aceptados como aquellos bufones del rey. Tan antipáticos pero tan necesarios para mantener la calma en el poder. Hay que tener a alguien que sea prueba de que sí se puede.

La de sangre, es la de linaje. Pero aquí en Colombia tiene que ver con la distinción que se adquiere después de salir adelante a sangre y fuego.

De acumular millones manchados por la tristeza de familias enteras, que caminan el calvario de uno de sus vástagos sumergido en la drogadicción. O de alimentar cuentas subterráneas con el hado infeliz de miles de ciudadanos, que no pudieron satisfacer sus necesidades (movilidad, seguridad, educación, salud) porque los dineros públicos se esfumaron entre la lluvia y el calor.

Muchos de estos últimos nobles, caminan hoy cabizbajos por los pasillos de las permisivas prisiones colombianas. Y quienes aún no han tenido la suerte del resguardo seguro del Estado, sostienen las máquinas de la corrupción local, regional y nacional.

¿Cómo hacerse noble?

Pero son más los que todavía devoran la libertad. El reducto sometido a una ley frágil que castiga el robo millonario pero premia con la rebaja por cultivar lechuga y redactar malos escritos en presidio. Es el escarmiento con fusta de papel para quienes no supieron, brillantemente, seguir esquilmando el otrora tesoro público.

Suponiendo que en cada pueblo colombiano haya crecido cualquiera de los tipos descritos de nobleza, en una cantidad no mayor a 50 familias por cada villa y un promedio de 30 miembros por cada clan.

Y si tomamos los 1.103 municipios, el total de dueños del país (nobles), solo llegaría a 1.654.500 personas que entre explotación, tráfico de influencias, humillación, corrupción, donativos navideños y arrepentimientos, han construido lo que tenemos de nación. Quedan más de 42 millones de plebeyos de todas clases. ¿En qué tipo de nobleza cree estar usted? ¿O de pobreza?

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