El que peca y reza, no empata…

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No vamos a alabar ahora a la Corte Constitucional de Colombia (CC) porque ha negado la pretendida intangibilidad de los proyectos que presente el gobierno en desarrollo de los acuerdos de paz suscritos con las Farc-Ep… Es que el popularizado fast track nunca debió haber sido avalado por la Corte como procedimiento legislativo para desarrollar los acuerdos, como tampoco debió haber avalado la refrendación por el Congreso de un acuerdo que había sido negado en plebiscito por el pueblo.

 

Opinión.

Por: Octavio Quintero

Director GES (Grupo Editorial El Satélite)

La Corte Constitucional viene desde hace rato dando tumbos jurídicos; introduciendo en la jurisprudencia colombiana unos entuertos made to size, como los vestidos de sastre, porque las cortes (al igual que el Congreso), pasaron a ser cortesanas del gobierno de turno.

Y todo esto se aceleró desde que la CC avaló en el 2005 el acto legislativo de reelección inmediata que se hizo aprobar en el Congreso mediante el sonado escándalo de la Yidispolítica… Años después de que todo el concierto para delinquir quedara destapado, y en la cárcel sus principales protagonistas, la misma Corte negó una demanda de nulidad presentada por el exmagistrado, Jaime Araujo Rentería, contra ese escandaloso proceso que sigue figurando en el ordenamiento jurídico de Colombia como si hubiese sido ajustado a derecho: ¡Qué tal esa!

Unas de cal y otras de arena

La Corte Constitucional ha venido acostumbrándonos indistintamente a la rechifla y el aplauso,  como cualquier fanático del futbol: ahora mereciera nuestro aplauso por el “tatequieto” al ímpetu de dictador de “banana republic” que le puso al presidente Santos, después de la rechifla que se ha ganado desde cuando avaló también el ridículo umbral al llamado “plebiscito por la paz”,  siguiendo la idea del gobierno de que ese golpe a la constitución permitiría el triunfo del SÍ: ¡Sorpresas nos da la vida!

Esa no es la función de una corte constitucional, guardiana de la carta política de todo país medianamente democrático. Pero, por lo visto, esa medianía institucional, ni siquiera brilla ya en nuestro ordenamiento jurídico.

Y miren el ejemplo de la CC donde va: ahora el que piensa mandarle su zarpazo también a la constitución es el Consejo Nacional Electoral, cambiando la regla constitucional sobre la revocatoria, a posteriori, de que se hayan echado a caminar unos procesos que tienen visos de revocar por primera vez un mandato popular, y nada menos que el del propio alcalde de la capital colombiana.

No y no: hemos perdido la confianza ciudadana en las altas cortes. No puede ser que también, a cada sentencia, se divida la opinión pública entre aplausos y rechiflas cuando debiera ser, como antes, punto final a toda discusión.

Colombia se ha lanzado a una jurisprudencia a la carta, casi siempre servida por el gobierno de turno. El hecho de que este fallo de la CC sobre el desarrollo de los acuerdos de paz no le favorezca al Presidente, no quiere decir que se haya retomado el equilibrio de poderes sino que algún mensaje de chantaje le están enviando, o que ya empiezan a verle el sol a las espaldas, y resulta conveniente irse acomodando al despuntar de un nuevo día que llega con el cambio de gobierno, para que todo siga igual.

Fin de folio.- Cuando las instituciones pierden su confiabilidad, la democracia pierde su estabilidad. Las dictaduras modernas no llegan hoy de verde oliva  sino en traje de calle y cuellos blancos.

 

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